UN JEFE PARA EL PUEBLO
Érase un vez el miedo. Aberración de la humanidad, sentimiento temido hasta el último aliento. Inviolable monstruo de facción y manifestaciones diversas que atrapa bajo el yugo de lo incierto corazones que se aferran sin duda pero con lamento, al salvavidas del buen obedecimiento. Entes de superior estatus que promueven seguridad intrínseca forjada con vigas de hipocresía y estructuras de ansiado capital, buscan hacer pertenecer al club del conformismo a su pueblo; hogar donde la ruleta siempre sea rojo y par, y la posibilidad del resto de opciones queden descartadas entre cartas sin barajar que nunca deberán de ser comprobadas. Tantas partidas perdidas sabiendo jugar al mismo juego, hacen sospechar al pueblo. Aquel que conoce las normas; las aplica, estudia y difunde, nunca obtiene el reconocimiento ni derechos pretendidos. Obedece en comunitario silencio mientras crea una revolución interna. Y llegado el buen momento, después de confiar en el cambio, el proyecto y su...