UNA FOTO
Detener el mundo para contrastar por un instante el frenético ritmo al que estamos aferrados, no es ni mucho menos una pérdida de tiempo.
Aquel, que seguramente aprovecharíamos desviando la atención en la infinita ruleta de videos y fotos que ofrecen entretenimiento efímero, relegando el presente a una dimensión de gobierno digital que imbuya a mente y cuerpo a fundirse en el agujero negro del vacío insustancial.
No podemos ni sabemos vivir hoy en día en un lugar sin conexiones certeras. Únicamente por el miedo a no saber que acontecerá u ocurrirá en el futuro próximo, nos apesadumbra y opaca necesitando la metadona de recibir un chute de datos para mantener al menos el malherido rumbo de nuestra existencia.
Ansiamos compartir momentos que solamente deberían de existir en nuestra mente y corazón desnudando la intimidad del ser y a la par su dignidad, desvelando los secretos que únicamente debieran de fertilizar campos de vida propia, rincones de amor no compartido.
Ya no hay carretes que revelar, ni fotos de número limitado para ser tomadas. Todo vale y todo crece en el infinito bucle digital. Tecnología de progreso donde el amor se perdió en nubes eliminadas y filtros de idoneidad.
Tendemos a guardar todo ello en la maleta que nunca vemos; que quizá con suerte desempaquemos y rara vez disfrutemos.
Aquella foto mate que guardamos en un álbum posiblemente colmado de polvo, la sostendremos algún día rememorando lo que fuimos...la imagen que posiblemente aparezca al llegar el último día, el hogar que siempre quisimos.
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